Hay determinados elementos lingüísticos de nuestra vida cotidiana que nos crean falsas esperanzas. Sobre todo suelen ser palabros siniestros, aberraciones siamesas que no tienen otro objetivo que engañarnos y jugar con nuestras ilusiones. Ni un matasuegras es un arma definitiva contra la madre de tu cónyuge, ni el atascaburras sirve para frenar a ninguna hembra de asno enfurecida, ni un pelagatos se dedica profesionalmente al noble arte de mondar felinos, ni un testaferro tiene la cabeza hecha de ningún metal, ni un cantamañanas podría participar en la versión matutina de operación triunfo. Lamento desilusionaros al decir que ni un tragaldabas ni un mascachapas se parecen en nada a un fakir especializado en portones o tapones metálicos. ¡Quitáos todas estas ideas de la cabeza!

Os tranquilizará saber que el cotillón no se mete en vuestra vida privada, que un cajón no tiene por qué ser más grande que una caja,  y que el corazón no es una gran coraza por mucho queramos que así sea. Claro que estas palabras no son compuestas y no sé muy bien lo que hacen en esta entrada.

En esto, como en todo, hay excepciones. A un lameculos le suele oler el aliento a mierda.

Con un par de ejemplos de verdades a medias me despido después de una Nochevieja recién estrenada y una Nochebuena no tan buena. Pot último un consejo: no dejéis que un pintamonas os retrate como si fueseis simios y os estropee el año entrante.