Todo el que me conoce lo suficiente es consciente de mis despistes. Puede que sea algo genético, pues mi inmediato antecesor ha tenido a bien alguna vez divertir a los transeuntes de la Gran Vía de Murcia desfilando pertrechado con el casco de la moto.

Pero hoy no voy a hablar de mi ni de nadie de mi familia, a pesar de que mi foto bien podría estar junto a la palabra despiste en el diccionario. Os voy a contar la historia de un amigo mío (que no soy yo) que tuvo un despiste muy gracioso. En uno de los muchos recreos del instituto, percatéme de que por la parte del pantalón donde se junta con el zapato de dicho amigo asomaba un trozo de tela blanco. La curiosidad pudo con él y comenzó a tirar del trozo de tela mientras nosotros mirábamos estupefactos. El trozo de tela fue aumentando de tamaño hasta que se convirtió en unos hermosos ondeantes calzoncillos abanderado. Avergonzado por nuestras disimuladas carcajadas y nuestros dedos señalándole tímidamente, nos explicó que el día anterior al ponerse el pijama, se desnudó por la vía rápida, con un único gesto que eliminaba de su tren inferior todo atisbo de resto textil, quedando su ropa interior en el interior agazapada hasta entonces preparando su aparición estelar y  esperando los aplausos de nosotros, su público. Los calzoncillos fueron escondidos en el bolsillo del pantalón satisfechos de haber conocido algo de mundo libres de sus tres inseparables compañeros genitales.