Últimamente me dedico a observar mi barrio, pero mi barrio es un poco coñazo. Mi calle es una de las tres más ruidosas de Europa occidental, siempre hay algún loco chillando por la noche, o algún motorista con mucha prisa y poca discreción que quiere hacer partícipe al mundo de los pocos caballos que tiene su ruidosa motocicleta. De día es un desfile de coches aparcados en doble fila y coches no aparcados haciendo eslálom. De noche los únicos coches que hay están en la puerta de un bingo que antes era un cine.

La gente que frecuenta mi barrio es muy variopinta. Dependiendo también del horario de observación varía el tipo de transeúnte o pedestrian como dicen los ingleses, no todos, algunos. A primera hora se puede ver gente adulta llevando a gente no tan adulta al colegio, pasando inevitablemente por delante de los pobres de la puerta de la iglesia y los pobres que esperan el autobús que los lleva a la universidad. A media mañana los niños desaparecen mientras los adultos van al banco que hay justo debajo de mi casa a resolver sus asuntos financieros. A eso de las once, desde mi casa se puede escuchar, sin poner mucha atención, los gritos de los niños torturados en el colegio. Los repartidores de prensa gratuita se retiran con la satisfacción del trabajo bien hecho y las señoras no dan abasto a comprar en la plaza de abastos. La gente anda por la acera y otros andan por la acera de enfrente. Los niños salen del colegio y yo paseo a mi perro. Por las tardes la gente es la misma pero un poco más amarillenta porque el sol les da de manera distinta. De vez en cuando sobre la hora de comer la gente se choca en la plaza con el coche cumpliendo con el ritual de frenazo, golpe, manos a la cabeza y vuelta a arrancar. Los domingos es igual, solo que la gente va más elegante. Los turcos se han propuesto alimentarnos, los chinos que no nos falte de nada a ninguna hora, los sudamericanos procrear, los árabes igual que los chinos pero con otras cosas jeje.

Otro día os hablaré de los comercios míticos del barrio como Baltasar, el bar Socovos, el Estanco, El kiosko de Paco, La tienda de música del manco, o el Espinosa. Seguramente nunca hable de esto, pero era una buena forma de terminar.

Con tan buen título, el texto no podía ser menos y es que me doy cuenta de que sólo soy un aficcionado, o ficcionado, una persona influenciada por la ficción recreada en películas, libros y cualquier cosa que no sea la realidad. Soy un peliculero con pelos en el culo y vivo en una especie de Show de Truman.

P.D. Creo que hay un blanco en la Casa negra.