Hoy vengo a hablar sobre una injusticia social que hasta hoy había quedado sin denunciar debido al lobby que ejercen compañías como Whiskas, Purina catchow y Piensos “Luegoexisto”; presididas todas ellas por los aristogatos (de cuyas fechorías podríamos hablar largo y tendido santificando a más de un alcalde corrupto).

Como ya sabréis, cuenta la leyenda que el gato es el animal más limpio de los que pueblan la faz de la tierra únicamente superado por una paloma entrenada por Pavlov que se duchaba tres veces al día y la esponja jabonosa de los mares del sudeste asiático. Esto es un mito que he tratado de echar por tierra mediante el estudio e imitación del comportamiento de estos felinos en lo que a higiene se refiere.

Los primeros pasos los di observando que el gato común realizaba su limpieza matutina lamiendo su pata delantera y restregándosela por cara y bigotes. Decidí proceder de la misma manera y lavar mi cara, bigotes y todas las partes de mi cuerpo con la saliva que segrego. Inventé diversos métidos de lavado que no pasaré a relatar para no herir la sensibilidad de las personas que pudiesen leer esto, sólo decir que hay una sensación muy placentera al escupir en vertical y dejar que tus propios fluidos goteen en tu cara. Esto me generó cierto rechazo social cuando realizaba tan higiénica actividad en lugares públicos. La pestilencia de mi ser contribuyó al menoscabo de mis amistades, en especial los días que en la comida incluía ajo y cebolla.

No contento con esto, percatéme yo de la fobia que sienten los gatos hacia el contacto con el agua. En mi afán de investigación decidí no entrar en contacto con el líquido elemento durante una temporada. Además de contraer diversas infecciones en la lengua, se generó a mi alrededor una costra hedionda cuya única utilidad era protegerme del frío y de las burlas de la comunidad científica. En este momento ya era un engendro dificilmente distinguible de Efialtes o quasimodo.
Por último, constaté que en el apoteosis de la higiene, los gatos defecan en un recinto de tierra y posteriormente entierran la prueba del delito como buenamente pueden. Una vez más, esta vez más por urgencia que por mimetismo con el felino doméstico, procedí a depositar una hez en el recinto con tierra más cercano. Para asombro de mi desconocimiento, el recinto era frecuentado por humanos de muy corta edad con utensilios de excavación de plástico como un cubo y una pala. Uno de estos niños, con más hambre que ganas de excavar, dio con el mojón que yo acababa de depositar y decidió comprobar sus propiedades de consistencia, turgencia y sabor, llevándoselo a la boca. Este hecho sobresaltó a la madre que alternaba los comentarios de los últimos chismes del barrio con la vigilancia del coprófago de su hijo. Corriendo como una posesa, arrebató la merienda de manos de su hijo y procedió a perseguirme bolso en mano y grito en boca. No tardó en alcanzarme, pues yo aún tenía los pantalones en los tobillos y sosiego post-parto. Fui víctima de un linchamiento en toda regla por parte de una horda de madres enfurecidas que se sumaron al atropello. La cosa no pasó a mayores gracias a mi coraza de roña que me permitió salir arrastrándome cual gasterópodo de la marabunta que se peleaba por propinarme un castigo ejemplar.

Cuando recobré la consciencia, yacía en una cama del hospital mientras una simpática enfermera entrada en carnes me limpiaba el cuerpo desnudo con la parte rugosa de una esponja que había forrado con papel de lija para ahorrar frotaciones. Así volví, sin yo desearlo, a mi estado original y concluí que los gatos no sólo distan mucho de ser un animal limpio, sino que han sobrevivido como especie gracias a su faceta cómica como se puede ver en el siguiente vídeo: