Este post ha de ser leido como si lo estuviese contando Punset.

Al igual que el fenómeno fotoeléctrico donde se afirma que “Toda la materia presenta características tanto ondulatorias como corpusculares comportándose de uno u otro modo dependiendo del experimento específico” he detectado en mis observaciones de la naturaleza que en el mundo macroscópico que percibimos con los sentidos también se da esta dualidad en la que dependiendo del medio, una misma cosa puede ser considerada de dos maneras antagónicas en cuestión de milésimas de segundo.

El objeto de nuestro estudio de hoy es el pelo o  cabello. Estas fibras queratinosas sufren de una de las mayores injusticias de la humanidad siendo tratadas de forma hipócrita según se encuentren en manada o en soledad. Para ilustraros, os voy a poner un ejemplo.

Un buen día tu señora esposa llega dichosa y ufana presumiendo de melena aterciopelada, consecuencia de la aplicación de un producto suavizante durante el lavado capilar. Deseoso de ser partícipe de tan reconfortante experiencia, procedes a comprobar con tus propias manos el resultado de tamaño experimento. Procedes al acercamiento manual hacia el cuero cabelludo y compruebas con asombro que el áspero estropajo que tu cónyuge lucía con gracia se ha transformado en un lacio y dulce conjunto de maravillosos filamentos correctamente ordenados que se abren al paso de tus dedos y quizá poseido por el espíritu del osito de mimosín, te dispones a oler el perfume que emana de ahí. En estos momentos el cabello adquiere magnitudes celestiales y vive sus mejores momentos. El problema viene cuando alguno de esos pelos decide montárselo por su cuenta y no seguir el dictado de los otros pelos desasiéndose de su forúnculo capilar y siendo de esta manera un ente libre viviendo en un plato de sopa. Es en este momento cuando lo que antes era maná de los dioses se convierte en una de las presencias más asquerosas que se pueden dar en la dieta mediterránea. Con dos dedos y cara de asco sacas el pelo del plato y miras fijamente a tu esposa volviendo a odiar todo el cabello que puebla su cuerpo, desde los que unen sus cejas, los que separan su nariz de su boca, los que protejen sus axilas del frío y los que delimitan la espalda y la división de los glúteos.

Esto señores es una injusticia que se hace hacia el cabello solitario, la cual hay que denunciar y erradicar para que no suceda igual con las personas que deciden no seguir el rumbo de la mayoría.