En mi habitación hay un maltrecho perchero de IKEA. Como todos sabréis, en Suecia predominan los árboles de hoja caduca y mi perchero es lo más parecido a un árbol sueco por lo que os voy a contar.

En invierno, este perchero está desnudo, sin nada que recubra sus metálicas ramas, pero ha llegado el verano y a mi perchero le han brotado hojas de muchos colores. En estos momentos tiene unos vaqueros de pitillo, un bañador, una gorra roja, un cinturón y un par de camisetas. En ocasiones me recuerda al juego del burro, que había que ponerle cosas encima hasta que se encabritase. ¡El tozudo!

Un buen día mi hermano decidió podar el perchero y le amputó uno de sus miembros, el cual mantenemos junto a él para que no sufra aquello del miembro fantasma. Cuando no había perchero la ropa crecía en una silla de escritorio, y este hecho ha supuesto muchos fracasos escolares para millones de niños y adolescentes que, ante la obligación de apartar los sedimentos de ropa, que en la silla se depositaban, para poder estudiar, preferían dedicar sus esfuerzos en otras actividades más lúdicas y constructivas. Estos niños que no recogían la ropa, son los que ahora masifican las bibliotecas y salas de estudio, pues la ropa sigue ahí y seguro que se les ha quedado pequeña. Mi consejo para los padres de hoy es que compren un perchero, así sus hijos no tendrán excusa para ponerse a estudiar y no caerán en la droga ni en los videojuegos.

Esto ha sido todo. Un día de estos hablaré del rincón mágico donde la ropa sucia desaparece.