Siempre me han hecho gracia las palabras mal dichas. Son como un acto de rebeldía reivindicando la forma más cómoda de decir una palabra dificil. Podría ponerme a hablar de la complejidad fonética de las palabras, pero entonces yo me llamaría Pol, me quedarían dieciocho densos párrafos para terminar el post y vosotros, lectores, seríais una panda de  culturetas de pacotilla. Pero estáis aquí porque os gustan las cochinadas y os estáis preguntando… ¿Qué pasa con la palabra zerullo? Tenéis razón, es otra palabra que suena más graciosa cuando está mal dicha, pero en ese tema no voy a profundizar porque ya lo hice en su momento.

El maestro en la distorsión de vocablos es mi señor padre, al que me gustaría felicitar desde aquí porque es su cumpleaños dentro de 55 minutos. Mi progenitor es todo un genio en este arte, Mi hermano y yo hemos sido testigos de cómo llamaba “Pikacho” al pokémon amarillo, y cómo nos mandaba comernos los “Friskos”, los cereales del tigre. Mi madre, en cambio utiliza la pansemia pidiendo que le acerque “el ése de ahí”.

Voy a acabar con una reflexión que me ha venido por la imagen mental de una vieja ofreciéndome cocretas. Las señoras mayores que van a misa… huelen así porque la iglesia huele así, o la iglesia huele así porque las señoras mayores van a ella. Ahí dejo eso.