Lo que voy a decir hoy puede herir la sensibilidad de cualquier persona trendy que guste de ir a la última en cuanto a ropa se refiere, pues va a recibir palos hasta en el Documento nacional de identidad. Esto va dedicado a ti, que llevas lo que se lleva, dices lo que se dice, escuchas lo que más se escucha y pensar pensar…

Muchos de los que me conocéis, sabréis que tengo aversión hacia las cosas que se ponen de moda entre lo que yo denomino las pijas borregas. He tenido muchas crisis de sociopatía como la moda de los dorados y plateados, el estilo tigre y leopardo, las camisetas premamá entre las chicas no embarazadas, los pantalones pitillo… pero el punto álgido de mi odio fue cuando llegaron las zapatillas bailarinas. Esa especie zapato de tacón sin tacón que empezó llevando la niña de 23 años a la que su madre aún llama princesa, que tiene un chiuaua ridículo. Este ridículo especimen no supone una perturbación para mi equilibrio emocional. El problema surge cuando todas las pseudo pijas (las mismas que se pusieron el pañuelo palestino hace unos meses) oyen de una fuente poco fiable que este año se llevan estas zapatillas junto con el color mierda de pavo, los sombreros hechos con cubos del Kentucky Fried Chicken, los cinturones justo debajo de la pechera. Todo esto sumado al pañuelo palestino, mechas, shorts, collares de perlas de plástico dan como resultado una especie de Cindy Lauper del siglo XXI con la personalidad de un gasterópodo.

Estoy deseando que se ponga de moda la ropa de payaso como en aquella película “La mujer más fea del mundo”.

*** Edito *** La película es Crimen ferpecto, como bien apuntó H